—Lauren, vámonos a casa —dijo—. Hablamos en privado.
Soltaste una risa seca.
—¿Privado? Me arrancaste la peluca en público, Ethan. Le presentaste tu cobardía a todo este restaurante. Ahora puedes presentar también la verdad.
A tu alrededor, la gente ya no disimulaba. Una pareja en la mesa del fondo había dejado de comer. Una mujer junto a la barra tenía el teléfono levantado, grabando sin ningún pudor. Dos camareros intercambiaron una mirada rápida, de esas que dicen aquí está pasando algo mucho más grande de lo que parece. Y el gerente, al salir de la cocina con expresión de alarma, se detuvo en seco al reconocerte.
Porque él sí sabía quién eras.
El restaurante estaba arrendado a Barton’s Hospitality Group, sí, pero el edificio pertenecía al fideicomiso Hayes-Whitmore, creado por tu padre años antes de morir. Tú eras la beneficiaria principal. El alquiler de ese local, junto con otros dos comercios del bloque, había pagado durante años parte de los tratamientos de tu madre antes de que ella también muriera. Ethan lo sabía desde que se casaron. Sabía que no era dueño del edificio, ni del terreno, ni del aire que respiraba allí dentro. Pero con el tiempo se había acostumbrado a contar la historia como si el prestigio del lugar fuera una extensión natural de su persona.