—¿No haga qué? —preguntaste con una calma que no sentías—. ¿Decir la verdad? ¿Recordarte que todo lo que creías usar para impresionarla nunca fue tuyo?
Vanessa dejó de mirar a Ethan y te miró a ti.
Hasta ese momento te había visto como un obstáculo. La esposa. La mujer enferma. El resto incómodo de una vida que ella estaba lista para ocupar. Pero ahora te estaba observando de verdad. Ya no veía una figura ridícula sin cabello en medio de un restaurante. Veía a alguien que sabía algo fundamental. Algo que ella no.
—¿Qué está diciendo? —preguntó, y esta vez no hubo burla en su voz.
Tú no apartaste la mirada de Ethan.
—Díselo.
Él se pasó una mano por la cara, un gesto pequeño, casi invisible, pero suficiente para delatar el pánico. Ethan siempre había sido un hombre de apariencias impecables. Todo en él estaba medido: el reloj correcto, la sonrisa adecuada, la voz de ejecutivo tranquilo, la capacidad de entrar a una sala y parecer dueño de ella aunque apenas estuviera pagando a plazos la versión de sí mismo que quería vender. Lo habías admirado por eso al principio. Luego empezaste a entender que esa capacidad para sostener una imagen también servía para ocultar una podredumbre muy específica.